Cyberceci in Vancouverland

What am I still doing here? Read and find out...

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Location: Vancouver, British Columbia, Canada

I am a daydreamer who believes in the power of a smile. I studied Journalism in Chile and I got a Master of Journalism at The University of British Columbia (UBC), Canada. My dream? To be the first correspondent on the moon, where I plan to go as soon as I can. My favourite phrase is “Do not take life too seriously. You will never get out of it alive.”

Thursday, December 15, 2005

Welcome to Chile

Mi primer día en Santiago. No puedo creer que ya estoy aquí. Miro a mi papi, a mi mami y a mi hermana. Todos hablan al mismo tiempo, opinan, preguntan, se ríen. Yo los abrazo, los beso y los vuelvo a abrazar. No desaparecen. No, esta vez no es un sueño. Estoy aquí y el insoportable calor de un verano, como los que ya no me acordaba, me lo confirma.

Salgo a caminar por el barrio, mi barrio, ése que me vio nacer y crecer. El aire se siente puro y no hay tanto ruido como esperaba encontrar. Escucho cantar a los pájaros y las personas me miran raro. Quizás es porque voy sonriendo. No puedo evitarlo. También debe ser porque soy la única que no lleva chaleca a esta hora de la mañana, cuando se supone que hace un poco de “frío.”

Me siento como pisando nubes, caminando dormida, soñando cada instante de este mini-tour. Buen estado anímico como para empezar a armar mentalmente mi primer post desde Chile. “Lo pensaré en el camino,” me digo. “Por mientras, a reandar lo andado: esa es mi única misión de hoy.”

Y comienzo poco a poco, cruzando el puente, deambulando por el Parque Forestal, redescubriendo mis calles, mi gente. Alguien me saluda, no lo conozco, pero contesto en forma refleja. No alcanzo a avanzar una cuadra más cuando escucho un “Flaquita riiiica.” Al rato le siguen un “hola”, “buenos días” “muy bonita,” “crespita hermosa,” y un “tai flaca, pero guena.” Entonces recuerdo una de las cosas que NO echaba de menos de Chile: los supuestos “piropos” que todos los machos locales se sienten con derecho a decirte y gritarte, sólo por el hecho de llevar faldas.

No me malentiendan. No es que mi autoestima sea baja y me crea horrible e indigna de halagos. Sé que nadie soñaría pesadillas en la noche si se encuentra conmigo. También sé que poseo uno que otro rasgo exótico que llaman la atención. Pero, reconozcámoslos, no soy una belleza. Entonces ¿cómo se explica el diluvión de silbidos y piropos? Fácil. Es parte de la cultura popular. Por alguna razón que desconozco, la mayoría de los hombres chilenos se siente con derecho de decirte lo que sea, en el tono que sea, por lo que sea. “Es que te pusiste vestido,” acotaría mi hermana más tarde, como diciendo “tú tienes la culpa”¿O sea que si quieres caminar tranquila hay que remorirse de calor? Mmmm.

La proximidad de la escuelita donde aprendí a leer me saca de estos pensamientos y me devuelve la sonrisa. Ahí sigue la vieja casona colonial, alguna vez casa de Bernardo O’Higgins y hoy parte del patrimonio histórico nacional. Enfilo mis pasos hacia la Plaza de Armas y un Arbol de Pascua gigante, “gentileza” de la Coca Cola, me da la bienvenida a una renovada y más fea plaza. Quizás sin el "metroárbol" se vea más pasable.

Ya llevo una hora caminando y todavía no sé que escribiré en mi blog. Quizás debería referirme al hecho de que escucho a la gente y les detecto un acento. Trato de imitarlo y no me sale. Están hablando distinto, como en los comerciales de TV y con palabras que no salen en el diccionario. O tal vez relatar lo que me pasó con el tipo del banco, que aprovechó de que yo conversaba con una señora en la cola para quitarme el lugar.

- “Es que cómo estaba conversando” me contestó a modo de excusa ante mi llamado de atención.

- “Que converse o no es problema mío, pero yo estaba delante de usted,” le digo. Pero no se mueve. Se queda delante de mí. Yo avanzo, lo miro con cara de odio y, pisándole intencionalmente los pies, me pongo delante de él nuevamente. No me dice nada. Pero mi actuar saca aplausos. Es una señora bajita, que sin temor ni vergüenza le grita, “eso le pasa por patúo, viejo fresco.” A mí me da risa, pero se me quita cuando veo que más adelante hay otras dos personas peleando por su puesto en la fila. Llega un guardia. Y luego el otro a apoyar al primero. La misma señora se queja: “¡Qué rotos somos los chilenos!” Yo me quedo calladita, hasta que un “¿No va a pasar a la caja?” me interrumpe.

- “Estoy esperando a que el cajero me llame cuando esté listo,” le digo.

- “No, poh, si así no funciona ná la cosa. Con razón que le habían quitado el puesto,” me dice el tipo.

Y paso. Y el cajero no me saluda, ni me da las gracias, ni menos me desea que tenga un buen día. Uno de los guardias, en cambio, se despide y me regala una pastilla de anís “para que endulce el día,” me dice. Yo le doy las gracias y enfilo vuelta a casa. Demasiado Chile por una mañana, creo que tendré que estudiar más antes de volver a salir.

Friday, December 09, 2005

¿Y si éste hubiese sido el fin?




Me levanté temprano. Mucho más que de costumbre. Quería llegar antes de las 8:30 am para asegurarme de dejar todo en orden en mi último día laboral. Sabía que tendría que estar en contacto con el personal técnico hasta el domingo en la tarde, para darles el OK a unas páginas finales. Pero al menos quería que, en la oficina, no quedara ningún cabo suelto.

Eran las 7:56 am cuando me subí al bus. Y eran las 8:01 cuando sentí el impacto, los llantos y el humo. A bajarse rápido, no vaya a ser que esta cosa explote. Los otros dos pasajeros parecían estar bien. Asustados, pero bien. A mí me dolía la mano. La misma que me protegió de azotarme la cabeza contra el fierro. Un hilo de sangre se deslizaba por la frente del chofer. Sangre que se diluía con el sudor, probablemente frío, de quien tenía que bajarse a ver cómo estaban los pasajeros del auto incrustado en el tapabarro delantero.

Y mientras todo comenzaba a transcurrir en cámara lenta, con sirenas que sonaban a lo lejos, también en cámara lenta, y mi reloj empezaba a marchar a un nuevo ritmo, me imaginé lo terrible que habría sido el no haber podido viajar a Chile, ni el lunes, ni nunca. De cómo el blog habría sido mi último testimonio y prueba irrefutable de los feliz que fui en mis últimos días. Y de lo injusta que es la vida.

Y seguí pensando. En las cosas que pueden verse desde una ventana, en la ardilla que alimenté esta mañana, en la película que me habría gustado ver, en el tamaño de la felicidad y en los efectos de un café cargado sin azúcar.

Pensaba que no hay nada como no hacer nada. Idea que me mantuvo ocupada largo rato. La repetí en voz baja, reflexioné sobre ella, me convencí de su profunda inutilidad y me alegró su contexto.

Después de considerarlo mucho, decidí escribir estas líneas que son insuficientes para expresar el intenso alivio de alguien que ya no tiene ninguna obligación. Menos la de ser seria, objetiva, interesante o profunda. Todas las licencias valen porque, a partir de ahora, me declaro formalmente de vacaciones.

No rayen mucho las paredes. Más bien dejen flores, chocolates, mensajes, pensamientos, palabras sueltas, aforismos ingeniosos y no se pierdan las próximas aventuras y desventuras de Cyberceci. Esta vez, fuera de Vancouverland… Hasta nuevo aviso.

Monday, December 05, 2005

Seis, cinco, cuatro...


Comenzando la última semana laboral

El próximo lunes, a esta hora, ya estaré a bordo del primer avión que me llevará cada vez más cerca de casa y de mi familia. La adrenalina aumenta y nadie me borra la sonrisa de la cara. Quizá el “jet lag” me la atenúe por algunos instantes, considerando que llegaré a las 2:00 am hora de Vancouver, pero serán las 7:00 am de Chile y, por ende, tendré que mantenerme despierta todo el día para asimilar el nuevo horario. Serán diecinueve horas de estar encerrada a más de diez mil metros en una lata recalentada y tronante, aunque con gente que habla parecido a ti, que se ríe con lo mismo que tú, que probablemente estará ansiosa de saber cómo salieron las elecciones presidenciales que nos perdimos y que, definitivamente, no extrañará la nieve ni el Maple Syrup.

Como el hincha que se pone la camiseta de su equipo, o el gringo que le agrega ketchup a un plato de porotos con riendas. Cada día me siento más cerca de casa. ¿O será que el gregarismo es de los pocos instintos que conservamos los seres humanos? Basta con observar a los miles de turistas que terminan en un MacDonald’s aunque hayan recién aterrizado en Indonesia o Hawai. El echar mano de un hábito es una forma de sentirnos seguros, de marcar territorio.

Pero yo no necesito echar mano a ningún hábito. Esta vez voy de vuelta a casa. Y más allá de las dos nuevas líneas del metro. Más allá de la llegada de Starbucks y Hooters. O de que la Prueba de Aptitud Académica se llame PSU. O que los mismos buses oruga que recorren Vancouver hayan llegado a Santiago. Más allá de todo, Chile es Chile, los amigos son los mismos y sólo quedan siete días.

Y deambulan por este blog:

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